El fin, una realidad para Non Stop People

El fin, una absoluta cuestión relativa que va mejor con música

Hay una canción para cada fase de un desenlace.

Una constante universal en materia de Ser Humano es el fin. La propia vida, los proyectos, las relaciones, un libro… tras un tiempo, se certifica que no queda más. Un canal de televisión no escapa de ello. En el fluido inaprensible del presente, el final parece lejano hasta que se alcanza. Después, todo sigue. Non Stop People tiene su Día D en el 30 de abril. Su Hora H, las 23. Su Minuto M, el 59. Segundo S, ídem. Tras tres años en el aire, el negro es un futuro inmediato. Esta transición no es un hito único. Sus fases son distintas y hay canciones que las representan con elegancia o crudeza.

Certificar la llegada del fin

Conocer la fecha del fin es algo que no todos quieren. Aunque hay un toque macabro en hacerlo, la practicidad de hacerlo es enorme. El inicio de The Rise And Fall Of Ziggy Stardust And The Spiders From Mars basa su drama en el saber. Five Years es quizá el mejor arranque de un disco de David Bowie. Situado en uno de los muchos mundos creados por el británico, se ubica en el momento en que la Tierra se entera de que le quedan cinco años. Como fotografías, las reacciones se suceden entre el nihilismo y el afán de aprovechar lo que queda.

Ocurra lo que ocurra tras el fin, un lustro es mejor que una semana para dejar los asuntos del presente atados. En el tema de Bowie, los rumores quedaron acallados cuando “el chico de las noticias dijo, que la Tierra estaba muriendo/ Lloraba mucho y su cara estaba húmeda, entonces supe que no estaba mintiendo”. Cuando el fin está cerca y no se confirma, sino que se intuye a través de esa “piel social” de la que hablaba Noelle-Neumann en su Espiral del Silencio, las habladurías matan a la sociedad.

Como entidad propia, Five Years cumple una de las máximas en cuestiones del acabar: el eterno retorno. Lo hace a través de lo musical. Al principio solo hay percusión. Al final, lo mismo. Indistinguibles, estos extremos son narración condensada. Bowie estaba muy familiarizado e influido por Nietzsche y el concepto apareció con más fuerza en The Man Who Sold The World. En todo caso, parece que a las claras es más fácil asumir el fin.

Enfrentarse al final

Una vez que el fin de lo que sea es algo confirmado, que el punto de no retorno se ha sobrepasado, toca afrontar. Asumirlo, ceder ante la desidia o exhalar un canto de cisne son opciones cuyas consecuencias no dejan de dar igual. El desenlace es el mismo. Muse es una de las bandas más exitosas de lo que va de siglo, aunque con sus dos últimos álbumes no hayan conseguido igualar a los anteriores.

Su tercer disco de estudio les valió la consolidación en lo más alto, pese a que las críticas no fueron excesivamente positivas. Uno de sus temas es Thoughts Of A Dying Atheist. Su título es suficientemente descriptivo. La perspectiva del Fin supremo, la muerte, puede ser muy agorera si se posee la certeza de que tras el último aliento no hay nada más que el Oblivion. La Nada existencial. Por suerte, el cierre en que se basa este artículo no es vital. Hay vida más allá.

El momento del fin

Con todo, tras conocer y tomar una posición frente al fin, queda el acto de acabar. La finalización siempre debe tener un reflejo físico. Por ejemplo, pasar a negro. El mismo momento del fin, el frame en el que el sistema en que se enmarca lo que desaparece cambia definitivamente de estado, es inspirador en sí mismo. El romanticismo de la disolución de una entidad es inspirador, sea esta una vida o un canal. Un momento de presente vívido en que se basa una escena sublime de Pat Garrett Y Billy The Kid.

Sam Peckinpah no logró en 1973 lanzar la película que él quería. Su carácter complicado y su alcoholismo acabaron con las opciones diplomáticas y una versión reducida pasó sin pena ni gloria por la gran pantalla. Años después, una mezcla del original previsto por el realizador y la opción comercial se constituiría como un destacable ejemplo de Western moderno. Bob Dylan estuvo a cargo de la banda sonora, con un resultado bizarro pero efectivo a ratos.

Como era habitual en Peckinpah, las muertes eran abundantes. Una de ellas, la del Sheriff Baker. Mientras asalta una casa en busca de información sobre Billy the Kid, acompañado de su esposa y Pat Garrett, sufre un disparo mortal. Entonces, el leit motiv musical de buena parte de la película explota en forma de canción: Knockin’ on Heaven’s Door. El lamento de fondo cobra forma con Baker sentándose mientras la vida se le escapa de entre las vísceras, con la letra como refuerzo dramático. Como dijo Kris Kristofferson, actor que encarnó a Billy, “es uno de los más fuertes usos musicales que jamás haya visto en un film”.

El más allá, algo transitable

El fin de un proyecto supone dejar en la estacada momentánea a aquellos que forman parte de él. Pese a que el abismo parezca aguardar con el cierre, el presente sigue su camino. El concepto de eterno retorno vuelve para mostrar su mejor cara. La tristeza del estertor deja paso a nuevas oportunidades. La existencia es un viaje en el que solo importa el trayecto, que es lo que se puede experimentar. El saber continuar es tan parte del acabar como el momento concreto del fin en sí mismo.

Sobre ello se ha escrito mucho, se ha grabado con intensidad y se ha cantado en las mismas proporciones. Precisamente con esta idea concluye, en parte, The Dark Side Of The Moon, gracias a Eclipse. Un tema con alma de cierre, como demostró al protagonizar el momento más orgásmico de la Ceremonia de Apertura de los JJOO de Londres 2012, tras encenderse el pebetero.

La canción llega tras los altos de Time o los valles de Us And Them. Las voces que han ido dando compañía coral a Pink Floyd alcanzan el culmen en este crescendo final. En poco más de dos minutos se repasan sin piedad múltiples acciones, en verbo presente. Cada una de ellas viene precedida por un reiterativo “All that you…” de Waters, haciendo balance de “todo lo que” pasa bajo el Sol. Este es positivo, mas con “peros”. Aunque lo que hay al calor del astro rey “está en sintonía”, la Luna puede eclipsarlo. Un juego simple de equilibrio entre Bien y Mal.

Las declaraciones que van surgiendo como fondo a lo largo del LP, pertenecientes al equipo del estudio, aparecen por última vez en boca del conserje de los estudios Abbey Road, Gerry O’Driscoll. “No hay lado oscuro de la Luna en realidad. De hecho, es toda oscura. Lo único que la ilumina es el Sol”. Un toque de realidad: aquello que da nombre al disco es solo cuestión de perspectiva. Una suerte de relativización que se refuerza con el sonido de un corazón latiendo. El mismo que arrancaba el disco. Quien quisiera que viviera al empezar, lo sigue haciendo tras el final. Por suerte, lo hará un poco más sabio.

Sea como fuere, compañeros y aquellos que hayan llegado al fin del artículo: ¡gracias!

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